Belgrado: una ciudad sorprendentemente contradictoria

2026-09-29

Antes de viajar había intentado hacerme una idea de Belgrado. Había leído, preparado rutas, buscado cómo moverme, calculado cuánto efectivo llevar y hasta pensado qué podía encontrarme al llegar. Pero una cosa es preparar un viaje y otra muy distinta pisar una ciudad por primera vez.

Mi primera impresión de Belgrado podría resumirse de una forma quizá poco académica, pero bastante gráfica: una España de los años noventa con influencia soviética.

No porque Belgrado se haya quedado anclada en el pasado. Precisamente una de las cosas que más me sorprendió fue lo contrario. Es una ciudad llena de contrastes: edificios modernos junto a otros bastante castigados, iglesias monumentales, restos de una historia militar muy visible, cafeterías cuidadísimas, terrazas llenas hasta la noche y una vida en la calle que no esperaba encontrar.

Belgrado me resultó, sobre todo, sorprendentemente contradictoria.

Autor frente al Templo de San Sava en Belgrado
San Sava: el lugar que más me impresionó de Belgrado.

Este artículo continúa lo que había preparado antes de salir. Si quieres comparar expectativas y realidad, puedes empezar por Antes de ir a Belgrado.

Llegar cansado también forma parte del viaje

Nuestra llegada no fue precisamente tranquila. El vuelo acumuló varias horas de retraso y aterrizamos de madrugada. A esas horas, después de todo el día pendiente del aeropuerto, la mezcla era bastante sencilla: cansancio y curiosidad.

Nosotros viajábamos con pasaporte, así que no tuvimos ningún problema con la documentación. Si vas a Serbia solo con DNI, conviene saber que oficialmente es válido para ciudadanos españoles, pero en la práctica puedes encontrarte con personal que te pida el pasaporte. Yo llevaría ambos documentos: ocupa poco y evita discutir sobre acuerdos internacionales justo cuando menos apetece.

Y apareció enseguida la primera diferencia entre la planificación y la realidad: encontrar un taxi que aceptara tarjeta no era tan sencillo como esperaba. Habíamos preparado bastante el tema del dinero y de los pagos, pero en Belgrado el efectivo terminó siendo algo más necesario de lo previsto.

Además, nuestro alojamiento estaba bastante alejado del centro. En principio podría parecer una mala decisión y, en parte, lo fue: habría comprobado mucho mejor la ubicación del hotel antes de reservar.

Pero tuvo una consecuencia inesperadamente positiva. Al depender más del transporte público (gratuito, por cierto) dejamos de movernos únicamente entre puntos turísticos y acabamos viviendo bastante más la ciudad.

Y eso cambió el viaje.

Una ciudad que se entiende mejor desde el autobús

Moverse por Belgrado resultó bastante más fácil de lo que esperaba. El transporte público era gratuito durante nuestra estancia, el centro estaba bien comunicado y la ciudad, sin ser pequeña, tampoco me resultó especialmente complicada para caminar.

Los autobuses son otra historia. Digamos que algunos conductores entienden las leyes de la inercia de una manera bastante práctica. En más de una ocasión comprobamos que agarrarse bien no era una recomendación, sino una buena estrategia de supervivencia urbana.

También hubo algún pequeño momento de “estás invadiendo mi espacio” después de salir desplazado involuntariamente por el autobús, pero nada especialmente serio.

A cambio, el transporte público nos dio algo que seguramente habríamos perdido desplazándonos siempre en taxi: contacto con la ciudad y con su gente. En los autobuses veíamos la vida normal de Belgrado. Y ellos también nos veían a nosotros.

Nuestro nivel de ruido y nuestra espontaneidad llamaban bastante la atención. Más de una vez nos miraron sorprendidos, aunque normalmente la reacción terminaba en sonrisas.

En uno de esos trayectos coincidimos además con un estadounidense enorme que hablaba español y llevaba tiempo allí. En pocos minutos nos hizo una radiografía de Belgrado sorprendentemente precisa: zonas, recorridos, costumbres y la forma de entender la ciudad.

A veces una conversación inesperada en un autobús explica más que diez páginas de una guía.

Moderna, antigua, cuidada y descuidada

Belgrado no me pareció una ciudad especialmente uniforme. Y creo que ahí está parte de su atractivo.

Hay calles y edificios que conservan claramente la estética y el peso histórico de Europa del Este. En algunas zonas se percibe incluso cierto aire militar.

También siguen siendo visibles edificios dañados durante los bombardeos. Verlos integrados en una ciudad que continúa funcionando alrededor de ellos produce una sensación difícil de explicar. No es un decorado histórico. Está ahí.

Pero unos minutos después puedes encontrarte una cafetería de diseño, una terraza llena, una tienda abierta hasta bastante tarde o una zona con una actividad nocturna que no encajaba en absoluto con la imagen previa que yo tenía de Belgrado.

Esa fue probablemente una de mis mayores equivocaciones antes del viaje. Me esperaba mucho más la parte histórica y de estética del Este. No esperaba su ambiente bohemio ni esa vida nocturna.

Plaza de la República de Belgrado con el monumento al príncipe Mihailo
Plaza de la República, una de las primeras imágenes del centro de Belgrado.

San Sava: espiritualidad conocida y diferente

De todos los lugares que visitamos, San Sava fue probablemente el que más me impresionó. Ya sabía que era enorme. Había visto fotografías. Habíamos hablado antes del viaje de su cúpula y de su importancia. Nada de eso sustituye a entrar.

Es una iglesia preciosa, monumental, pero lo que más me interesó no fue solamente su tamaño. Hay algo familiar en ella y, al mismo tiempo, diferente.

La tradición ortodoxa comparte elementos con nuestra cultura cristiana, pero los expresa de otra manera. La decoración, los iconos, el espacio, la luz y la relación de las personas con el templo transmiten una espiritualidad que puedes reconocer sin sentir que estás exactamente en casa.

Para mí resume bastante bien a Belgrado: parecida y diferente a la vez.

También recuerdo una pequeña escena que probablemente no aparecerá en ninguna guía. Mientras estábamos allí, una chica serbia se acercó y nos pidió, en español, que le hiciéramos una fotografía. Son esos momentos pequeños los que terminan quedándose.

Mosaicos de la cúpula interior del Templo de San Sava
Interior de San Sava: monumental y familiar a la vez, pero distinto.

San Marcos y una historia que sigue presente

La iglesia de San Marcos ofrece otra imagen de Belgrado. No produce exactamente la misma impresión que San Sava, pero ayuda a entender esa mezcla entre religión, identidad nacional e historia que aparece constantemente durante el viaje.

En Belgrado resulta difícil separar completamente unas cosas de otras. La historia política, la religión, las guerras y la construcción de la identidad del país aparecen en iglesias, monumentos, edificios y conversaciones.

Y no hace falta hacer un recorrido especializado para encontrarlas. Están presentes mientras caminas.

Exterior de la iglesia de San Marcos en Belgrado
Iglesia de San Marcos, otra de las paradas del recorrido.

Kalemegdan: murallas, tenis, cañones y dos ríos

La Fortaleza de Belgrado fue otro de los lugares que mejor representa esos contrastes.

Mientras recorres las murallas y antiguas puertas puedes encontrarte, prácticamente en el mismo espacio, restos defensivos, pistas de tenis y una exposición militar.

En un lado, gente jugando. En otro, cañones, vehículos militares y recuerdos de conflictos que forman parte de la historia de Serbia.

Y al fondo, la confluencia del Sava y el Danubio. Antes de viajar había leído noticias sobre niveles bajos del Danubio y esperaba encontrarlo bastante más reducido.

No fue esa mi impresión al verlo. Hasta pregunté a una señora en el autobús y me indicó que sí, estaba bajo, pero no tanto como yo esperaba.

Desde Kalemegdan el paisaje resulta especialmente potente porque la ciudad parece detenerse y abrirse de repente hacia los dos ríos. Es uno de esos sitios donde entiendes por qué una ciudad se construyó exactamente allí.

Pieza de artillería expuesta junto a la fortaleza de Belgrado
Kalemegdan: fortaleza, usos actuales y memoria militar en el mismo espacio.

Una ciudad con memoria

Hay algo más que llama la atención cuando recorres Belgrado: su relación con la historia reciente. No todo está reconstruido hasta borrar cualquier rastro de lo ocurrido.

Algunos edificios dañados durante los bombardeos continúan ahí.

No tengo claro si los interpretaría como monumentos, heridas, recordatorios o simplemente edificios cuya historia todavía no ha terminado. Al menos los que vimos estaban vigilados, así que conviene tener cuidado con las fotos.

Probablemente tengan algo de todo eso. Para alguien interesado en la historia europea del siglo XX y en la cultura del Este, Belgrado ofrece continuamente pequeñas capas que merece la pena observar.

No hace falta que alguien te las explique todas. A veces basta con mirar alrededor.

Edificio de la Asamblea Nacional de Serbia en Belgrado
La Asamblea Nacional, otra cara del Belgrado monumental.

Café de máquina y otros pequeños descubrimientos

Los viajes también se recuerdan por cosas bastante menos monumentales. Por ejemplo, el primer café de máquina. Suave, cremoso y bastante mejor de lo que esperaba.

Las cafeterías fueron otra de las sorpresas. Muchas están cuidadas hasta el detalle y tienen una estética muy trabajada. Lo mismo ocurre con bastantes bares y restaurantes.

La presentación de los platos suele ser muy cuidada y las raciones, en general, generosas.

Si tuviera que quedarme con dos cosas bastante menos serbias pero muy asociadas ya a mi viaje, serían un sándwich cubano y un postre parecido a unas filloas, con natillas, yogur y frutos rojos.

También el agua del grifo nos pareció potable y perfectamente bebible, aunque terminamos utilizando bastante agua mineral.

Y otra cosa que me llamó la atención fueron los horarios. Durante el fin de semana había tiendas abiertas hasta bastante tarde y mucha actividad en calles, cafeterías y terrazas. Otra vez, bastante lejos de la imagen que llevaba preparada.

Pagar es fácil… hasta que sois muchos

Con el dinero acertamos a medias. Se puede pagar con tarjeta en muchos sitios, pero yo llevaría más efectivo del que inicialmente pensábamos necesario.

No hace falta llegar a Serbia cargado de dinares. Hay bastantes cajeros y, buscando un poco, es posible encontrar comisiones razonables. En algunos lugares incluso aceptaban euros.

El problema aparecía sobre todo cuando íbamos en grupo. Pagar cada uno su parte por separado no siempre se recibía con demasiado entusiasmo. Y juntar o separar mesas tampoco parecía una operación tan natural como puede resultarnos en España.

Nada grave. Pequeñas negociaciones internacionales alrededor de una cuenta. Siempre terminábamos resolviéndolo.

Hablar sin hablar demasiado

Con un inglés bastante chapurreado es posible manejarse bien. Sobre todo porque, en general, encontramos gente dispuesta a hacer el esfuerzo necesario para entendernos.

También descubrimos algo que no esperaba: algunos serbios estudian español y pudimos mantener pequeñas conversaciones en nuestro idioma.

Y cuando no había idioma común aparecía el móvil. Traductor, inteligencia artificial, gestos, imágenes… Llegamos incluso a utilizarlo para explicar operaciones relacionadas con dinero.

Uno de mis recuerdos favoritos es mucho más sencillo. Un cajero de supermercado, ya con bastantes años, se tomó unos minutos para enseñarme a decir gracias en serbio correctamente.

No tenía ninguna obligación de hacerlo. Simplemente le hizo gracia que intentara aprenderlo. Ese tipo de amabilidad fue bastante habitual. Seria, poco exagerada, pero real.

Una sensación inesperada de seguridad

También me sorprendió la sensación de seguridad. Evidentemente, eso es una percepción personal y no significa que una ciudad esté exenta de riesgos.

Pero durante nuestra estancia tuve una sensación de seguridad poco habitual cuando estoy en el extranjero.

La gente resultaba curiosa, amable y bastante cercana cuando se rompía la primera barrera. Quizá exista también cierta afinidad con los españoles.

Nuestra forma de hablar, gesticular y ocupar acústicamente un autobús parecía resultarles, como mínimo, entretenida.

El tráfico sí exige más atención. Como peatón conviene no despistarse demasiado y los autobuses, como ya he dicho, tienen su propia interpretación del movimiento uniforme.

Pero nada de esto cambió la sensación general del viaje.

Volvería

La pregunta más sencilla después de cualquier viaje es si volverías. En este caso no tengo demasiadas dudas. Absolutamente sí.

Belgrado me sorprendió para bien.

Si te interesa la historia, Europa del Este y esa estética que a mí me recuerda al mundo soviético, sin que todo el viaje gire alrededor del conflicto, me parece un destino especialmente interesante.

Es además relativamente asequible comparado con muchas ciudades europeas, fácil de recorrer y con un transporte público gratuito que resulta difícil de superar.

Y tiene algo que valoro cada vez más cuando viajo: no sentí que estuviera recorriendo una ciudad preparada únicamente para turistas.

Hay monumentos, museos y lugares que visitar, por supuesto. Pero también hay una ciudad funcionando alrededor.

Con sus autobuses bruscos, sus terrazas llenas, sus iglesias, sus edificios castigados, sus cafés modernos, sus horarios inesperados y su gente intentando entender a un grupo de españoles demasiado ruidoso.

Antes de viajar intenté imaginar Belgrado. Después de conocerla, creo que la palabra que mejor la describe sigue siendo la misma: contradictoria.

Y precisamente por eso volvería.

Puedes ver más imágenes del viaje en la galería de Belgrado.

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