Antes de emprender, aprender y luego desaprender
Empecé trabajando en una fábrica, con turnos de noche de doce horas, viendo pasar pastillas de jabón, cargando camiones o haciendo lo que hiciera falta. Cualquier cosa menos tocar la oficina.
Después llegó la educación especial y, con ella, la sensación de haber encontrado mi sitio. Aquello sí era vocación y durante unos años tuve bastante claro que quería seguir por ese camino.
El problema no fue perder la vocación. Fueron las circunstancias que se fueron construyendo alrededor: cambios de condiciones, decisiones institucionales, promesas que no se cumplieron y situaciones laborales por las que nadie debería tener que pasar. Cuando además tienes una hipoteca, la vocación deja de ser suficiente para mantener determinadas batallas.
Así empezó otra etapa. Vinieron muchos años trabajando con personas: ventas, asesoramiento, atención al cliente, formación y todo lo que se fue cruzando por el camino. Mi trayectoria profesional tiene bastante más de curva que de línea recta.
También hubo malas decisiones personales y consecuencias que arrastré durante casi quince años. Hubo épocas en las que trabajar dejó de ser solamente una forma de ganarse la vida y se convirtió casi en un mecanismo de supervivencia: varios trabajos a la vez, jornadas interminables y muy poco espacio para descansar.
Durante mucho tiempo mi método fue sencillo: adaptarme, aguantar y seguir hacia delante. Pa'lante. Funcionaba, así que lo repetía.
Y así se fue formando una especie de tardígrado humano: resistente, adaptable y capaz de seguir funcionando prácticamente en cualquier circunstancia. El problema es que cuando sobrevives demasiadas veces utilizando la misma estrategia, acabas creyendo que esa es la única forma posible de vivir.
Aguantas, sigues, te quejas, vuelves a aguantar y continúas. Hasta que entiendes que una cosa es ser resiliente y otra muy distinta pasarte media vida resistiendo.
Hace casi dos años pude liberarme de muchas de aquellas cargas y empezar a plantearme algo que durante mucho tiempo parecía secundario: qué quería hacer realmente con mi vida y con mi tiempo.
No se trataba de empezar de cero. Después de todo lo vivido, aprendido y trabajado, hacerlo sería absurdo. Se trataba de aprovechar lo que sirve, desaprender lo que ya no sirve y empezar a decidir.
A veces esos cambios tampoco empiezan con una revelación espectacular. Pueden empezar tomando un café en la terraza de un bar, a mediados de diciembre, con personas que acabas de conocer y que te muestran que existen otras maneras de vivir, trabajar y relacionarte con el futuro.
Eso no significa que cambiar sea fácil. Es un proceso lento, incómodo y bastante menos limpio de lo que cuentan algunos relatos de transformación personal. Hay dudas, pasos atrás y hábitos que llevan décadas contigo.
De ahí nace tardigradoviajero. No nació de una gran idea de negocio, sino de una necesidad bastante más sencilla: dejar de sobrevivir y empezar a decidir.
Emprender forma parte de esa decisión, pero no es la única parte. También están aprender, viajar, formarme, construir cosas, equivocarme, conocer personas y comprobar hasta dónde puedo llegar haciendo las cosas de otra manera.
Aquí habrá errores, dudas, miedos, aprendizajes, decisiones acertadas y otras que habría sido mejor no tomar. También pequeños avances, momentos en los que nada parece funcionar y éxitos, porque también los hay.
No quiero construir un relato perfecto de emprendimiento ni de cambio personal. Quiero contar qué ocurre cuando intentas construir una etapa nueva después de llevar unas cuantas batallas a la espalda.
Y también qué cambia cuando empiezas a rodearte de las personas adecuadas, porque solo no se vive, se sobrevive. Como un tardígrado amarrado en la puerta del baile.