Nos quejamos de la falta de apoyo al empezar. ¿Y si no llega?

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En la primera parte hablábamos de los apoyos iniciales, de esos pequeños gestos que pueden significar tanto para alguien que está empezando, y nos hacíamos una pregunta bastante sencilla: ¿qué hacemos nosotros para apoyar a los demás?

Pero el espejo también tiene otra cara. ¿Qué ocurre cuando somos nosotros quienes hemos tomado una decisión y ese apoyo que esperábamos no llega?

Porque agradecer que alguien nos acompañe es una cosa. Necesitar su aprobación para dar el siguiente paso es otra muy distinta.

Cuando ponemos en marcha una idea, es normal querer compartirla, especialmente con las personas cercanas. Nos gustaría que participaran de nuestro entusiasmo, que preguntaran cómo va o, sencillamente, que nos escucharan. Y cuando eso no sucede, puede resultar decepcionante.

Pero la falta de apoyo no siempre tiene que ver con nosotros. A veces tiene mucho más que ver con los miedos, las experiencias, el contexto y las creencias de quien tenemos delante. Todos hemos crecido con determinadas ideas sobre lo que es seguro, lo que es sensato y lo que se supone que debemos hacer con nuestra vida.

Y desde ahí también juzgamos las decisiones ajenas.

En muchas ocasiones, esa falta de apoyo funciona como un espejo: no refleja tanto nuestras posibilidades como los límites que otra persona ha aprendido a aceptar para sí misma. Entenderlo no significa despreciar su opinión, pero sí aprender a ponerla en contexto.

Que alguien no comprenda nuestra decisión no significa que tenga que tomarla por nosotros.

Escuchar también forma parte del camino

Tampoco se trata de pensar que quien no nos da la razón está equivocado. Sería una manera bastante poco inteligente de afrontar cualquier proyecto.

Una crítica constructiva puede ayudarnos a descubrir algo que no habíamos visto, corregir un error o evitar unos cuantos tropiezos. Que alguien encuentre una debilidad en nuestra idea no significa que esté haciendo una valoración de nosotros como personas.

Hay una diferencia entre aportar algo que ayuda a construir y desacreditar sin más lo que otro está intentando levantar. Destruir suele ser bastante más fácil que crear. A veces basta una frase para despachar una idea en la que alguien lleva meses trabajando.

Y eso tampoco quiere decir que debamos aceptar cualquier cosa por el simple hecho de haberle dedicado tiempo. Saber escuchar, reconocer un error y cambiar de opinión también requiere convicción.

Una idea no nace terminada

Empezar algo no consiste en despertarse una mañana con una idea maravillosa y esperar que el sueño aparezca materializado delante de nosotros.

Una idea tiene que nacer, desarrollarse y encontrar su sitio. Hay una fase de estudio, de preparación, de posicionamiento y de validación. Tenemos que comprobar si lo que queremos hacer tiene sentido, si disponemos de los recursos necesarios y si es congruente con nuestros objetivos y con la vida que queremos construir.

Y después, en algún momento, tenemos que decidirnos.

Ahí entra la audacia. No la temeridad. La audacia consiste en atreverse a avanzar después de prepararse y valorar las dificultades. La temeridad sería ignorarlas y confiar en que la ilusión lo resuelva todo.

Tampoco existe una preparación que elimine completamente la incertidumbre. Si esperamos a tener todas las garantías, posiblemente no lleguemos a empezar nunca.

Mesa de trabajo con bocetos y una taza de café
Ilustración digital generada con IA para tardigradoviajero. Una idea necesita trabajo, pruebas y decisiones.

Un millón de decisiones equivocadas

Si miro hacia atrás, seguramente encuentro un millón de decisiones equivocadas. Algunas las cambiaría hoy sin pensármelo demasiado. Otras tardé bastante tiempo en comprenderlas.

Pero hay algo que cada vez tengo más claro: todas esas decisiones, también las equivocadas, han formado parte del camino que me ha traído hasta aquí.

Eso no significa que los errores sean maravillosos. Algunos cuestan dinero, tiempo, oportunidades y disgustos. Hay que asumir sus consecuencias y aprender de ellos, no convertirlos en una colección de medallas.

Pero tampoco creo que equivocarse deba interpretarse automáticamente como un desastre.

Cuando estamos construyendo algo, hay pruebas que funcionan y otras que no. Hay ideas que tendremos que modificar, caminos que acabaremos descartando y decisiones que, vistas con perspectiva, tomaríamos de otra manera.

En tardigradoviajero estoy comprobándolo constantemente. La web, los artículos, los diseños y todo lo que rodea al proyecto no aparecieron terminados el primer día. Han necesitado trabajo, cambios y correcciones. Y todavía queda mucho por aprender.

No he llegado hasta aquí a pesar de todas mis decisiones equivocadas. También he llegado gracias a lo que aprendí de ellas.

Decisión, resiliencia y liderazgo

Al final, para mí, todo esto se resume en tres palabras: decisión, resiliencia y liderazgo.

La decisión de intentar algo en lo que creemos, después de prepararnos y valorar lo que supone. La resiliencia para afrontar las dificultades, aceptar que vamos a equivocarnos y encontrar la manera de continuar. Y el liderazgo para hacernos responsables de nuestro propio rumbo, incluso cuando eso significa reconocer que debemos cambiarlo.

No hace falta dirigir una empresa ni tener a nadie a nuestro cargo para ejercer ese liderazgo. Bastante tenemos muchas veces con aprender a dirigir nuestras propias decisiones.

Y aquí volvemos al apoyo.

Que alguien nos acompañe hace el camino más agradable y, en ocasiones, mucho más sencillo. Pero no podemos entregar a los demás la responsabilidad de decidir por nosotros.

Fotografía personal del autor durante una actividad de inCruises
Fotografía personal real del autor durante una experiencia en inCruises.

¿Y si el apoyo llega después?

También puede ocurrir. Algunas personas necesitan tiempo para comprender una decisión que no habrían tomado ellas mismas. Otras necesitan ver resultados y otras, sencillamente, tienen sus propias preocupaciones.

No creo que debamos pasar factura a quienes no estuvieron desde el primer momento. Sería bastante contradictorio pedir respeto para nuestras decisiones y no respetar las de los demás.

En el artículo anterior hablaba de los diez Miembros Fundadores de tardigradoviajero, de su gesto y de mi manera de agradecerles que se hayan acercado a un proyecto que todavía está dando sus primeros pasos.

Ese apoyo tiene un valor especial, precisamente porque ha llegado cuando todavía no hay grandes resultados que enseñar. Pero tampoco les convierte en responsables de que tardigradoviajero funcione.

Esa responsabilidad es mía.

Seguir adelante

No sé dónde estará tardigradoviajero dentro de un año. Me gustaría que creciera, que encontrara su comunidad y que todo el trabajo dedicado acabara dando sus frutos. Pero eso todavía está por ver.

Lo que sí puedo hacer es seguir preparándome, escuchar las críticas que aporten algo, corregir lo que no funcione y tomar mis propias decisiones con la información de la que disponga.

Seguramente me equivocaré unas cuantas veces más. Ya tengo experiencia.

Agradecer el apoyo de quienes nos acompañan es importante. Aprender a continuar cuando ese apoyo no llega también lo es.

Los demás pueden acompañarnos en nuestras decisiones, pero no pueden vivirlas por nosotros.

Y ahora te devuelvo la pregunta: ¿alguna vez has renunciado a algo que realmente querías hacer porque no recibiste el apoyo que esperabas?

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Nota sobre las imágenes: este artículo combina una ilustración digital generada con inteligencia artificial y una fotografía personal real.

tardigradoviajero

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