Cuando el tardígrado empezó a viajar de otra manera
· Por Andrés García Rodríguez
El cambio no ocurrió de golpe. Tampoco empezó con un destino concreto. Fue apareciendo poco a poco, a medida que cambiaba mi situación personal, mi forma de organizarme y también lo que esperaba de un viaje.
Gran Canaria, en junio de 2025, fue probablemente el último viaje que todavía tenía mucho del tardígrado antiguo y, al mismo tiempo, algunas señales bastante claras de lo que estaba empezando a cambiar.
Gran Canaria: el plan era no hacer nada
Fui con mi pareja actual. El plan parecía sencillo: hotel con todo incluido, descansar, no hacer turismo y no complicarnos.
Nos alojamos en Marina Elite Resort, en Balito. Era la primera quincena de junio y aquel tipo de hotel parecía tomado al asalto por cuatro ingleses y un montón de jubilados. El hotel cumplía, sin más. El verdadero problema fue que habíamos elegido un formato de viaje que no encajaba demasiado con nosotros.
El acceso a nuestra habitación era bastante incómodo, lleno de escaleras, algo especialmente poco práctico porque mi pareja estaba convaleciente de una operación de rodilla. La playa tampoco nos convenció demasiado y ocurrió lo inevitable: nos aburrimos.
El viaje que habíamos planteado para no hacer nada terminó convirtiéndose en unos 800 kilómetros en coche por una isla de unos 55 kilómetros de norte a sur.
Recorrimos buena parte de la isla, nos metimos por carreteras interiores y pasamos tantas veces por Sonnenland que acabamos pensando que era la capital. Menudo barrio.
También llegamos a Puerto de Mogán, la famosa pequeña Venecia. Un poco Venecia, pero por polígonos.
Nos gusta viajar así en coche, sin rumbo demasiado cerrado, tomando carreteras porque parecen interesantes y desviándonos cuando algo llama la atención. El problema es que, si vas a hacer eso, contratar un todo incluido tiene poco sentido. Terminamos gastando más dinero del previsto porque dejamos de utilizar buena parte de aquello que ya habíamos pagado.
No busques algo solo por precio, porque acabarás pagando el precio.
De improvisar por costumbre a improvisar por elección
El patrón antiguo seguía allí. Seguíamos desviándonos, entrando por carreteras que no estaban previstas y dejando que el viaje cambiara sobre la marcha. La diferencia empezaba a ser otra: antes improvisábamos muchas veces porque no habíamos preparado demasiado; ahora empezábamos a organizar mejor lo importante y a dejar libre lo que sí queríamos improvisar.
Quiero decidir cuándo improviso, no improvisar porque no he preparado nada.
No quiero tener cada minuto de un viaje metido en una hoja de cálculo. Quiero seguir cogiendo una carretera porque parece interesante, cambiar un plan o encontrar un sitio por accidente. Pero ahora sé bastante mejor qué puede salir mal: reviso más cosas, utilizo más tecnología, presto más atención a la seguridad, documento mucho más los viajes y he llegado incluso al punto de contratar un seguro para cinco días. Para quien me conozca de antes, eso ya es una revolución.
Nueve meses que han cambiado bastante más que mis destinos
Y entonces llegó inCruises. Llevo apenas nueve meses y en ese tiempo ya he pasado por Aranjuez, Alicante varias veces, Burgos, Reus y Belgrado.
Algunos de esos desplazamientos podrían parecer pequeños vistos en kilómetros. Aranjuez está a unos 35 kilómetros de casa: treinta y cinco kilómetros por carretera y un mundo en la cabeza. Alicante empezó a repetirse y dejó de ser simplemente un punto al que ir. Burgos añadió otra pieza. Reus fue un auténtico boom. Y después llegó Belgrado, que directamente abrió otra etapa.
No porque ahora cada desplazamiento sea una gran aventura, sino porque ha cambiado el contexto en el que viajo. Durante muchos años viajar significaba hacerlo casi exclusivamente en pareja o con familia. Ahora estoy descubriendo lo que supone viajar también con un equipo, con una comunidad y con personas que conoces por el camino.
Eso modifica completamente la experiencia. En un mismo viaje puedes asistir a una convención, tener una reunión, conocer una ciudad, cenar con gente de distintos lugares, hablar de negocio, hacer turismo y terminar la noche comentando lo ocurrido con personas que unas semanas antes ni siquiera conocías. No necesito separar constantemente esas cosas: viaje por un lado, negocio por otro, personas por otro y vida por otro. A veces todo ocurre el mismo día. Y funciona.
El cambio no ha sido solo pasar de improvisar a organizarme mejor. Ha sido pasar de viajar dentro de un círculo muy pequeño a empezar a viajar dentro de una comunidad.
De la inconsciencia a la intención
Si me preguntan si antes era más valiente, la respuesta es no. Era más inconsciente. Más valiente soy ahora. Ahora sé mejor qué puede salir mal y, precisamente por eso, valoro más decidir que quiero hacerlo de todos modos. Hay más organización, más información, más seguridad, más tecnología y más memoria del camino. También estoy empezando a hacer más fotografías. Eso, en mi caso, merece casi capítulo propio.
He perdido algo de espontaneidad, seguro, pero no quiero perderla toda. La esencia sigue ahí. Quiero seguir teniendo espacio para desviarme, equivocarme de carretera o cambiar un plan porque aparece algo mejor. Lo que no quiero es seguir confundiendo espontaneidad con falta de preparación.
Y hay otro cambio todavía más difícil: aprender a estar donde estoy. Durante mucho tiempo he tenido la costumbre de estar haciendo una cosa mientras ya pensaba en la siguiente. Otro sitio, otro plan, otra preocupación. Ahora quiero viajar de otra manera: no solo moverme, sino estar.
Belgrado fue probablemente la primera demostración clara de esa nueva etapa. No solo por la ciudad, sino por la experiencia de viajar en grupo, compartir una convención, mezclar turismo y negocio y entender que la compañía puede cambiar por completo lo que significa un destino.
Apenas llevo nueve meses en inCruises y ya noto que esa forma de viajar está cambiando mucho más deprisa de lo que esperaba. Aranjuez, Alicante, Burgos, Reus y Belgrado no son solo puntos en un mapa. Son capítulos de esa transición.
La siguiente parte de esta historia será precisamente esa: cómo quiere viajar el tardígrado.
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Porque aquel que cogía el coche y decía “vamos por aquí a ver qué pasa” sigue estando.
Solo que ahora lleva brújula, objetivo y compañía.