Cómo viajaba el tardígrado

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Durante muchos años viajé sin demasiada estrategia. No porque no me gustara viajar, sino porque normalmente surgía una oportunidad, había unos días libres o aparecía una idea y nos íbamos. Una oferta, una carretera, una propuesta de alguien. Poca planificación, poca documentación y bastante confianza en que ya resolveríamos lo que hiciera falta por el camino.

Además, nunca he sido especialmente fotero. Eso se nota ahora, cuando intento reconstruir algunos de aquellos viajes: recuerdo escenas enteras, conversaciones, sitios absurdos y decisiones todavía más absurdas, pero apenas tengo fotografías, reservas guardadas o notas. Viajaba mucho más de memoria que de archivo.

Túnez: maleta y palante

En 2007 apareció una oferta 2x1 para viajar a Túnez. Fui con mi expareja, mi hermana y la expareja de mi hermana. Claramente sobraban dos.

El plan inicial ya era distinto: iba a venir la hermana pequeña de mi expareja, pero la castigaron y terminó viniendo el exnovio de mi hermana. Como además dije que invitaba yo, el cambio de nombre supuso un gasto extra. Una planificación impecable. Ups.

El viaje se reservó con menos de un mes de antelación y prácticamente no preparamos nada. Maleta y palante. Nos recogieron en el aeropuerto y fuimos dejando viajeros en distintos hoteles hasta que nosotros quedamos los últimos y solos, a más de hora y media del aeropuerto y en un sitio del que no sabíamos prácticamente nada.

El hotel estaba muy limpio, pero la comida fue otro asunto. Sobrevivimos básicamente gracias a los desayunos y a las pizzas del chiringuito de la playa privada. Si el agua mineral ya nos parecía mala, tampoco había mucho interés en investigar cómo sería la del grifo.

Aun así, guardo recuerdos muy concretos: bañarnos de noche en la playa privada, los camellos, una excursión en quad, fumar en una shisha y descubrir que aspirar al revés no era precisamente la técnica recomendada. También intentaron vendernos algo que yo recuerdo como “la cúpula del sultán”, aunque a estas alturas no sabría explicar muy bien qué era aquello.

Y viajamos en el mismo avión que Joselito (ay, Campanera). Al llegar, pasó el control sin enseñar el pasaporte. Hay escenas que se quedan grabadas por motivos difíciles de justificar.

No repetiría aquel viaje ni aquella compañía, pero representa perfectamente al viajero que era entonces: poca información, mucha improvisación y la sensación de que cualquier problema se resolvería cuando apareciera.

Arquitectura y calle en Túnez
La foto de Túnez que no hice.

Bruselas: treinta y seis horas también pueden ser un viaje

Bruselas debió de ser en 2012 o por esas fechas. Fue una escapada relámpago de unas treinta y seis horas con mi hermana y unas amigas suyas. Elegimos el destino porque el vuelo era barato y alquilamos un coche en el aeropuerto también a buen precio. Mi hermana organizó la mayor parte, así que, dentro de nuestros estándares de entonces, aquello estaba incluso medio preparado. Solo medio.

Camino del hotel nos perdimos y preguntamos a unos chicos que iban andando. Nos dijeron: “Seguidnos, que es por aquí”. No los seguimos, claro. Imagínate.

El hotel estaba en el barrio rojo. Era muy barato, algo dejado, pero ocupaba un edificio antiguo con bastante personalidad. El recepcionista era clavado a Alec Guinness, Obi-Wan Kenobi, y además parecía estar allí las veinticuatro horas. Entrabas: estaba. Salías: estaba. Volvías: seguía estando.

Por allí pululaba gente un poco extraña y nos daba cierto respeto. Las amigas de mi hermana, en cambio, fueron capaces de dormir con las llaves de la habitación puestas por fuera. No pasó absolutamente nada.

En Bruselas vimos el Manneken Pis, que me pareció bastante decepcionante, y la Jeanneke Pis, que casi me gustó más. El Atomium se veía desde bastantes sitios, así que decidimos que, técnicamente, ya lo habíamos visto y no fuimos.

Postal histórica del Atomium de Bruselas
Esta postal y yo tenemos algo en común: no hemos estado allí.

Una mañana terminé tomando café solo, a las ocho, en un bar de travestis. En otra ocasión alguien nos echó la bronca porque una señorita tan guapa no debía decir palabrotas. La palabrota creo que fue “joder”.

Brujas: el gofre caro, la españolada y 366 escalones

Después fuimos a Brujas. Allí vimos la plaza central y el Belfort, el campanario medieval que domina la Markt. Para subir hay que enfrentarse a 366 escalones.

Antes de subir descubrimos que hacían descuento para grupos. Nosotros éramos tres. Bueno. Durante los cinco minutos que estuvimos esperando en la cola hicimos la españolada y pasamos de ser tres a ser doce personas que, casualmente, veníamos “del mismo hotel”. Una coordinación espontánea admirable.

Subimos los 366 escalones, llegamos arriba y, después de todo aquello, nada especialmente trascendental: cinco minutos mirando tejados, la plaza y el horizonte. Muy bien, tejados, plaza, foto mental… y ahora tocaba bajar otros 366 escalones.

En esa misma plaza nos tomamos uno de los desayunos más caros de mi vida: 18 euros de 2012 por un café y un gofre. Delicioso, eso sí. Dos calles más allá costaba prácticamente la mitad.

Y en algún momento entre Bruselas y Brujas acabamos también en el centro de Gante sin querer, con el coche frente a la catedral y rodeados de tranvías. No sabíamos muy bien cómo habíamos llegado allí ni cómo salir. Usábamos mapas, intuición e inglés chapurreado. No aprovechamos demasiado bien aquellas treinta y seis horas, pero merecieron la pena.

Londres: caminar hasta entender una ciudad

Londres fue distinto. Fui con mi pareja actual, que había vivido allí una temporada y llevaba años sin volver. Yo no conocía la ciudad. Estuvimos cinco días y nos alojamos en un hostel bastante horrible en la zona de Elephant and Castle. Intentaron cobrarnos de más y el cambio de moneda también fue un pequeño desastre: cambiamos en el aeropuerto y nos pegaron un buen palo.

Como el alojamiento tampoco nos quedaba especialmente bien para nuestros planes, decidimos hacer algo que terminó definiendo el viaje: caminar. Muchísimo. Entre doce y quince kilómetros diarios.

Elizabeth Tower, conocida como Big Ben, vista desde Westminster Bridge en Londres
La foto de Londres que ya ha hecho todo el mundo.

Cada día entrábamos al centro por una zona distinta. Recorrimos a pie Elephant and Castle, Whitechapel, la City, Soho, la Torre de Londres, Big Ben y buena parte del centro. Otro día llegamos hasta King’s Cross porque mi pareja quería ver el famoso andén de Harry Potter. Ella era fan. Yo no he leído una línea.

Fuimos a tomar té con scones en una capilla, entramos al British Museum durante unos treinta minutos, visitamos la National Gallery —bueno, vale, de acuerdo— y quisimos entrar en la tienda Lego. Había tal cola que desistimos y acabamos en la tienda de M&M’s, que está justo enfrente. No era el plan, pero tampoco era precisamente un problema.

También estuvimos en una librería enorme en la que Michael Caine había estado el día anterior. Después descubrimos mejor su acento cockney y empezamos a mirar con otros ojos Elephant and Castle, la zona donde nos alojábamos. Hay viajes en los que de pronto varias piezas aparentemente absurdas encajan.

Fuimos a pubs, probamos la London Pride y descubrimos también la hora feliz de Tesco: sándwich, fruta cortada y plastificada o chocolatina, más zumo o refresco, por unas tres libras. Después de quince kilómetros andando, aquello parecía un menú degustación.

También nos llamó la atención una cosa. Entrábamos en algunos sitios, hablábamos en inglés y muchas veces prácticamente nos ignoraban. Se iban hacia dentro y al rato aparecía una camarera que hablaba español. A veces casi ni llegábamos al hello. No sé si nuestro inglés era tan malo o aquello era simplemente una manera muy británica de resolver el problema, pero nos pasó más de una vez.

También vimos un robo organizado en directo. Unos chicos venían detrás de nosotros al entrar en el supermercado. Algo me dijo que mejor nos quedáramos fuera y, desde allí, vimos toda la escena.

En St James’s Park decidí dar de comer a unos patos sin leer antes el aviso de una posible multa de 150 libras. En cuestión de segundos aquello parecía Los pájaros, pero a ras de suelo. Primero llegaron los patos, luego más aves y finalmente apareció un cisne enorme que decidió que yo era el servicio de catering y me mordió exigiendo comida.

Comimos probablemente uno de los peores fish and chips de Londres en un local cerca del British Museum decorado como Alicia en el País de las Maravillas. Una tarde estábamos tan cansados que terminamos medio cenando en el comedor de una universidad cerca de King’s Cross.

En cinco días solo cogimos el metro para cuatro paradas. Ni autobús ni taxi. Queríamos caminar la ciudad y la caminamos. No vimos Camden, Chelsea ni Notting Hill. Saint Paul’s, Big Ben, Tower Bridge y la Torre de Londres los vimos desde fuera. Pasamos del London Eye y preferimos museos gratuitos antes que pagar entradas. No hicimos todo, pero vivimos la ciudad.

Londres me enseñó algo que sigo pensando hoy: un viaje no se mide por cuántas cosas tachaste de una lista, sino por cuánto llegaste a sentir que estabas allí. Y la compañía cuenta tanto o más que el destino.

El patrón

Si miro aquellos viajes juntos, el patrón aparece bastante claro: poca planificación, pocas fotos, presupuestos que normalmente terminaban por encima de lo previsto y mucha confianza en resolver las cosas sobre la marcha.

Los viajes en coche quizá sean la máxima expresión de aquella forma de viajar: salir hacia un sitio y acabar pasando por otros cuatro, ir al Grove y terminar recorriendo las cuatro capitales gallegas, que el GPS te mande por caminos de tierra en Teruel porque has configurado no sabes qué, reservar un hotel desde el coche con menos de una hora de antelación o dormir en una gasolinera cuando toca.

Y entre medias hubo también vacaciones familiares de apartamento y playa, de las de toda la vida. Correctas, cómodas y perfectamente respetables. Pero a mí ese formato me deja bastante frío. Cambiar de lugar para reproducir exactamente la misma rutina no es lo que quiero hacer cuando viajo.

Durante años viajé así. A veces salió bien, otras regular y alguna vez directamente salió raro. Pero casi siempre ocurrió algo que todavía recuerdo. Y eso, visto ahora, también tiene valor. Porque una cosa es cómo viajaba el tardígrado. Otra distinta es cuándo empezó a cambiar.

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