No quiero ser superhumano

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Hace más de un año fui a la presentación de Superhumanos, de Pedro Mujica, en Espacio Fundación Telefónica. No sabía quién era. Llegué hasta allí gracias a una newsletter y porque el título me llamó la atención, lo cual tiene cierta gracia porque precisamente la palabra superhumanos es probablemente la parte de su planteamiento que menos comparto.

La presentación fue el 22 de abril de 2025 y giró alrededor de cómo utilizar la inteligencia artificial y otras tecnologías para ampliar nuestras posibilidades sin perder de vista lo humano. La ficha del evento sigue disponible en Espacio Fundación Telefónica. Hace más de un año de aquello, aunque últimamente quizá tengamos que empezar a medir el tiempo de otra forma: están los años, los años luz y los años IA, esos periodos en los que doce meses parecen cinco vidas tecnológicas.

¿Por qué hablar ahora de ello? Porque tardigradoviajero no existía entonces y, mirándolo con cierta perspectiva, probablemente aquel encuentro ayudó a fraguar parte de lo que hoy es esta web. No salí de allí pensando «voy a crear una web», porque eso sería inventarme una causalidad que no existió, pero sí salí habiendo encontrado a alguien que hablaba de tecnología desde un lugar que me resultaba muy reconocible: sin negarla, sin idealizarla y sin separar su desarrollo de una dimensión ética que para mí es inseparable de cualquier discusión seria sobre inteligencia artificial.

Infografía que compara un año, un año luz y un año IA
Años, años luz y años IA: no miden lo mismo, pero ayudan a explicar la velocidad del cambio.

Una presentación que se quedó conmigo

Lo primero que me llamó la atención de Pedro Mujica fue su capacidad para comunicar y mantener la atención sin convertirse en un gurú sobre un escenario. Interactuaba con el público, daba espacio a las preguntas y, además, hizo algo que recuerdo especialmente: reconoció a su equipo, incluso nombrando a personas que estaban allí y explicando brevemente qué habían aportado. Puede parecer un detalle pequeño, pero encajaba con todo lo demás.

La dimensión ética estaba presente durante la presentación sin necesidad de repetir la palabra ética cada cinco minutos, y la tecnología no aparecía ni como enemiga ni como una especie de salvación inevitable. Ahí conecté mucho con él. La diferencia está seguramente en las formas: Pedro hace una crítica estructural bastante más mesurada y limpia que la mía; yo tengo cierta tendencia a la confrontación.

Una cosa es la mesura y otra muy distinta la ingenuidad.

Pedro Mujica en una fotografía de presentación
No es mi amigo ni me paga la reseña: es una voz que merece ser escuchada.

Comprar el libro también era parte de la historia

Después de la presentación compré Superhumanos. Lo hice porque me interesaba realmente lo que acababa de escuchar, pero también por una decisión personal que mantengo desde hace años, desde que se me planteó una situación bastante sencilla: un amigo daba un concierto y tuve que decidir qué significaba realmente apoyarlo, si entrar gratis o comprar la entrada.

Desde entonces lo tengo bastante claro. Si alguien que conozco escribe un libro, monta un concierto, crea algo o intenta sacar adelante un proyecto y yo puedo permitírmelo, apoyarlo no consiste en pedirle que me lo regale. Consiste en pagar su trabajo.

Compré la edición negra y naranja de LID que ves en las fotos. El libro sigue activo en catálogo y ha continuado teniendo recorrido después de su lanzamiento, aunque no he encontrado una cifra pública fiable de ventas ni una confirmación editorial clara de nuevas ediciones.

Puedes consultar la ficha oficial y la edición actualmente en catálogo en LID Editorial.

Portada negra y naranja de Superhumanos, de Pedro Mujica
Mi edición de Superhumanos, publicada por LID.

Leyendo el libro encontré muchas ideas cuya esencia podría haber formulado yo mismo, aunque seguramente con menos conocimiento, menos experiencia y bastante menos mesura. La palabra superhumano sigue sin convencerme, pero el fondo de buena parte del libro sí.

No quiero ser superhumano

Yo prefiero hablar de binomio humano + IA. Puede parecer una diferencia semántica, pero para mí no lo es, porque hablar de binomio obliga a reconocer el valor de ambos componentes. La tecnología puede aumentar muchísimo nuestras posibilidades, pero no nos convierte mágicamente en otra cosa ni elimina la importancia del humano que dirige, contextualiza, supervisa y decide.

La metáfora que mejor me funciona es la del tractor. Un tractor permite realizar en horas un trabajo que antes requería días y muchísimo esfuerzo, y nadie sensato propondría volver al arado manual simplemente porque utilizarlo implique aprendizaje o dependencia tecnológica. Pero el tractor sigue necesitando un conductor y, además, necesita algo que a veces olvidamos cuando hablamos de inteligencia artificial: un terreno adecuado. Puedes tener el mejor tractor del mundo, pero si decides arar una carretera el problema no está en la potencia de la máquina, está en el uso que alguien ha decidido darle.

Infografía de un tractor trabajando como metáfora del binomio humano e inteligencia artificial
La herramienta multiplica la capacidad; el humano marca la dirección; el contexto decide si tiene sentido.

No tengo más capacidad, tengo más opciones

Ese es probablemente el efecto más importante que la IA está teniendo en mí. No me ha hecho más inteligente ni me ha regalado conocimientos que no tengo, pero sí me permite hacer cosas que antes estaban fuera de mi alcance o que ni siquiera habría intentado. No sé programar y tengo una web hecha desde cero, sin plantillas ni atajos. Tengo mala memoria para determinados nombres, fechas y datos; muchas veces sé que algo existe, pero oigo campanas y no sé dónde está la iglesia, y ahí la IA puede ayudarme a recuperar la información, localizarla y comprobarla.

También me permite canalizar una creatividad que siempre ha estado ahí, pero que chocaba con límites técnicos, económicos o de tiempo. Puedes imaginar perfectamente un cuadro y no saber pintar, concebir una web y no saber programar, tener una idea clara y no disponer de los recursos para desarrollarla. La IA no elimina todos esos límites, pero desplaza algunos y abre canales de expresión que antes estaban cerrados. En mi caso también me ayuda a organizarme y a mantener el foco, algo especialmente útil cuando la cabeza tiende a dispersarse.

No tengo más capacidad, tengo más opciones.

La triangulación y el gusto de la IA por el chisme

La dirección de un proyecto puede cambiar porque aparecen nuevas ideas, descubrimos errores o entendemos mejor qué queremos hacer. La supervisión debería ser bastante menos flexible, porque una respuesta bien escrita puede estar equivocada y una IA puede equivocarse con una seguridad realmente admirable.

Por eso para mí la triangulación es fundamental, pero no la entiendo solamente como buscar dos fuentes diferentes. Muchas veces funciona como un triángulo bastante literal: una IA genera un archivo o una propuesta, yo la reviso y aporto contexto, después paso el resultado a otra IA para que lo cuestione, busque fallos o aporte otra perspectiva. El humano sigue en el centro porque es quien sabe qué quiere hacer y quien tiene que decidir si el resultado tiene sentido.

Ayer, durante una presentación, lo resumí de una manera bastante menos académica: a la IA le gusta el chisme. FulanitIA hace el trabajo, yo se lo paso a MenganitIA, MenganitIA me habla al oído y después vuelvo con FulanitIA y le digo: «Mira lo que opina MenganitIA de tu trabajo». Ahí empiezan a aparecer errores, matices y discrepancias que una única herramienta quizá habría dejado pasar.

Infografía de triangulación entre FulanitIA, un humano y MenganitIA
FulanitIA propone, el humano supervisa, MenganitIA contrasta y la decisión vuelve al humano.

El que es tonto es tonto con IA y sin IA

¿Recordáis lo de mi tendencia a la confrontación? La frase es brusca, pero resume algo importante. La inteligencia artificial no te proporciona criterio, cultura, sentido común ni buenas intenciones. Lo que sí hace es multiplicar las posibilidades de quien la utiliza, y esa amplificación funciona en ambas direcciones: puede potenciar creatividad, aprendizaje y capacidad de trabajo, pero también estupideces, sesgos, pereza mental o malas intenciones.

El que es tonto es tonto con IA y sin IA.

Ese es uno de los motivos por los que el debate ético me parece mucho más interesante que el miedo abstracto a que un día las máquinas decidan hacer algo por su cuenta. La IA sigue siendo una herramienta dentro de un sistema humano: detrás hay empresas, equipos, intereses, modelos de negocio, decisiones y una determinada visión de futuro.

La ética no puede llegar después

Este es seguramente el punto donde más conecté con Pedro Mujica. La dimensión ética no puede aparecer cuando la tecnología ya está desarrollada y empiezan a surgir los problemas, como si fuera una reparación posterior. Tiene que formar parte del proceso desde el principio, y esa discusión no ha nacido ahora: investigadores, filósofos, tecnólogos, juristas y especialistas llevan años planteándola.

Otra cuestión muy distinta es ver cómo el discurso regulatorio gana protagonismo dentro de algunas grandes compañías precisamente cuando estas ya ocupan posiciones de enorme ventaja. OpenAI, por ejemplo, publicó en septiembre de 2026 una propuesta de requisitos nacionales obligatorios de seguridad y nuevas medidas regulatorias ligadas al aumento de capacidades. Puede leerse en su documento de política de IA.

La regulación me parece necesaria, pero también me parece ingenuo aceptar sin más que todo discurso regulatorio nace del altruismo o de una conciencia ética repentina. Cuando ya tienes capital, infraestructura, tecnología, datos, usuarios y ventaja competitiva, determinadas reglas también pueden elevar las barreras de entrada para quien viene detrás. A mí me interesa ese debate precisamente porque no tiene una respuesta cómoda: no basta con preguntar si hay que regular, sino también quién propone las reglas, cuándo aparecen, quién puede asumir su coste y quién sale reforzado después.

La brecha no es solo tener o no tener IA

Pedro Mujica utiliza unas cifras que ayudan a visualizar la escala del problema. En sus textos habla de un planeta con más de 8.238 millones de personas y de más de 1.700 millones que interactúan cotidianamente con IA conversacional; también cita unos 800 millones de usuarios semanales y más de 17 millones pagando versiones avanzadas. Son cifras aportadas por el propio autor, no estadísticas oficiales independientes, pero sirven para plantear una pregunta importante: si esta tecnología está llamada a cambiarlo todo, ¿quién está participando realmente de ese cambio?

España ofrece otro ángulo. Según los datos de 2025 publicados por el Instituto Nacional de Estadística el 96,3 % de la población de 16 a 74 años había utilizado Internet recientemente, pero solo el 66,5 % poseía habilidades digitales básicas o avanzadas; el 37,9 % había utilizado herramientas de IA generativa.

La edad muestra todavía mejor la brecha: el uso de IA generativa llegaba al 75,6 % entre los 16 y los 24 años, mientras que entre los 65 y los 74 años era solo del 7,4 %. No hace falta inventarse un porcentaje universal para reconocer la tendencia. Si una tecnología madura y extendida como Internet sigue presentando diferencias importantes de competencias, parece razonable pensar que una herramienta mucho más rápida, compleja y cambiante puede reproducir e incluso ampliar esas desigualdades.

El efecto Netflix

Mi sospecha es que podemos acabar viendo un recorrido bastante conocido: primero llegan la novedad y las posibilidades, después se amplía el acceso y hablamos de democratización, y cuando la herramienta ya se vuelve estructural empiezan a aparecer límites, planes, prestaciones reservadas y distintos niveles de servicio. No tengo un palantir en una torre perdida de la Tierra Media que me permita saber exactamente qué va a ocurrir —modo friki off—, pero tampoco sería la primera vez que un servicio digital evoluciona así.

Otra metáfora sencilla es la del taladro: hay uno manual, uno con cable, uno inalámbrico, uno profesional y uno industrial. Todos hacen agujeros, pero no todos permiten abordar el mismo trabajo ni están al alcance de cualquiera. Si la IA se convierte en una infraestructura básica para estudiar, trabajar, crear, organizarse o comunicarse, la pregunta no será solamente quién puede utilizarla, sino qué IA puede permitirse utilizar cada uno.

Infografía con cinco tipos de taladro desde manual hasta industrial
Todos hacen agujeros. No todos permiten abordar el mismo trabajo.

Aprender a conducir

Por eso me preocupa bastante menos que los alumnos utilicen inteligencia artificial que el hecho de que no aprendan a utilizarla correctamente. No vamos a volver al arado manual para evitar los riesgos del tractor: aprendemos a conducirlo. Con la IA debería pasar algo parecido, aunque la herramienta es bastante más compleja porque trabaja con lenguaje, imágenes, conocimiento, información y decisiones.

No basta con enseñar a escribir un buen prompt si después no sabes reconocer cuándo la respuesta parece magnífica pero no tiene ninguna coherencia. La alfabetización en IA debería incluir también pensamiento crítico, comprobación, criterio y capacidad para discutir con la propia herramienta.

HUMANIA: cuando el libro sigue hablando

Aquí Pedro Mujica lleva su propia idea un paso más allá. Superhumanos no termina necesariamente cuando cierras el libro, porque su ecosistema digital incorpora HUMANIA, un agente conversacional diseñado para debatir sobre los contenidos del libro y sobre tecnohumanismo. El lector puede preguntar, contrastar y ampliar la lectura utilizando precisamente la tecnología sobre la que está leyendo.

Se puede probar directamente en HUMANIA. Eso merece otra conversación y no voy a convertir este artículo en tres artículos pegados con cinta adhesiva. Probablemente habrá uno que empiece con algo parecido a: «Pasé una mañana hablando con HUMANIA y entendí esto», y quizá también un vídeo con diez cosas que me dijo y me gustaron... y una que no.

La tecnología también debería devolvernos tiempo

Hay otra cuestión que me interesa especialmente. Si conseguimos que una persona haga en ocho horas lo que antes necesitaba mucho más trabajo, pero utilizamos automáticamente todo el tiempo liberado para meter todavía más tareas, no sé muy bien dónde está el progreso.

Un socio de inCruises puede utilizar herramientas digitales para organizar contactos, preparar información, hacer seguimiento, comunicarse mejor y desarrollar su negocio de una forma más eficaz, pero el objetivo no tiene por qué ser utilizar cada minuto ganado para meter otra llamada, otra presentación o una tarea más. También puede servir para viajar, leer, aprender, estar con otras personas, desarrollar una afición o sencillamente no hacer nada. Y no hacer nada no es liberar tiempo para hacer otra tarea.

NADA es el evento.

De sobrevivir a decidir

tardigradoviajero utiliza intensivamente inteligencia artificial. No tendría ningún sentido ocultarlo porque esta web existe en buena medida gracias a que estas herramientas me han permitido desarrollar cosas para las que no tenía conocimientos técnicos suficientes, organizar proyectos que probablemente no habría abordado y convertir ideas en resultados concretos. Precisamente por eso quiero hablar también de sus límites, sus dependencias, la brecha digital o las cuestiones éticas.

No quiero una IA que piense y cree por mí mientras yo dedico mi tiempo a las tareas repetitivas que una máquina puede asumir; quiero justamente lo contrario, que la tecnología me permita liberar parte de ese tiempo para escribir, crear, aprender, viajar, relacionarme o no hacer absolutamente nada cuando eso es lo que he decidido hacer. No quiero ser superhumano. Quiero ser humano, con más opciones, más herramientas y más capacidad para decidir.

De sobrevivir a decidir.

Manos del autor leyendo Superhumanos, de Pedro Mujica
Las manos y el libro son míos, las ideas las comparto.

«La tecnología debe ser una fuerza para el bien, ayudándonos a vivir de manera más sostenible y a proteger nuestro planeta para las generaciones futuras.»

Todo esto empezó con una newsletter

Hay una última razón para contar esta historia y nos devuelve al principio. Yo no conocía a Pedro Mujica; abrí una newsletter de Fundación Telefónica, vi una actividad cuyo título me llamó la atención, fui a escuchar a alguien de quien prácticamente no sabía nada, compré su libro y aquella experiencia fue mezclándose con otras ideas hasta terminar formando parte, probablemente, de lo que hoy es tardigradoviajero.

Más de un año después estamos escribiendo este artículo. Estamos, por aquello del binomio. Y eso explica también por qué sigo creyendo en las newsletters: información tenemos de sobra; lo difícil es encontrar entre todo ese ruido una persona, un libro, una actividad, un viaje o una idea que realmente nos haga pararnos un momento. Aquella newsletter lo consiguió conmigo.

Captura del formulario de suscripción a la newsletter de tardigradoviajero
La newsletter de tardigradoviajero: otra puerta para descubrir algo que no estabas buscando.

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